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  • Ana Luisa Reyes Serrano

Las nuevas tecnologías en el aula

En el jardín de una de las instalaciones de Google tienen como parte de su decoración un esqueleto de dinosaurio. Al pasar por sus alrededores los visitantes se sienten, primero, intimidados por el tamaño de la escultura, y, luego, extrañados al observar la representación de un animal extinto en medio de la megaestructura de Google. La explicación que tiene esta empresa de multiservicios para los curiosos que, asombrados, cuestionan la razón del dinosaurio en el patio es que está allí para recordar que “no importa lo grande, fuerte, poderoso y numeroso que seas, si no te adaptas, te extingues”.


La educación hoy no es la misma que hace diez años y no será la misma en diez años más. La crisis fruto de la pandemia del COVID-19 ha provocado que recurramos aparatosamente a la tecnología para mantener la educación a flote. De esta experiencia se han adquirido innumerables aprendizajes, uno de estos siendo lo positivo que puede ser el uso de las herramientas tecnológicas en los procesos de enseñanza-aprendizaje.


Muchos nos hemos preguntado qué tan pertinente es la tecnología para la educación y quizás en algún momento hemos llegado a dudar de su efectividad. No es un secreto que el simple hecho de tener dispositivos electrónicos en el aula no mejora la calidad educativa si no contamos con docentes que sepan darle uso y que se asuman como un medio, y no un fin, para que se produzca el avance o efecto esperado.


En otras esferas socioeconómicas, las empresas tecnológicas se han convertido en importantes actores en el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación (TICs) y su convergencia con la educación. Empresas que proporcionan servicios educativos basados en las TICs a través de contenidos digitales. Esto puede considerarse como una solución a la necesidad de contenido a gran escala del sistema educativo. Sin embargo, este proceso repercute en que el docente se convierta en un consumidor pasivo de dichos contenidos. Esto puede ser preocupante debido a que este contenido no necesariamente responde a las necesidades específicas de los estudiantes con quienes se está trabajando. En ese sentido, no se observa diferencia entre el libro de texto y este contenido digital.


Las TICs pueden fortalecer la práctica y el desarrollo profesional docente al permitir, primero, un abanico de posibilidades de actividades y herramientas didácticas y, segundo, acceder a diversos repositorios de información para poder decidir qué usar y adaptar. Los profesores pueden conectarse entre pares para el intercambio de experiencias, recursos e ideas sin limitaciones geográficas.


Finalmente, y retomando el planteamiento inicial, como docentes tenemos la responsabilidad de actualizar nuestros conocimientos y habilidades en las herramientas utilizadas en la práctica del magisterio, entre estas las herramientas digitales; así como de compartir con otros experiencias que permitan fortalecer nuestra práctica y ajustar las planificaciones y actividades de acuerdo a las necesidades de nuestros alumnos. El hecho de no hacerlo, representaría la extinción de nuestra profesión.